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LETRAS MARCIANAS. Servidas sobre platillos volantes preparadas para invadir este planeta y conquistar nuestros sentidos.


Coincidiendo con el evento de celebración de los 60 años del programa de Diseño Gráfico de la Universidad Nacional de Colombia, en su Sede de Bogotá, el profesor Pablo Ruiz de la EASD de Castelló lanzó como si de un frisbee se tratase, su “Taller de tipografía experimental aplicada a la Editorial de Arte y Diseño”. Un taller acogido dentro de la asignatura del tercer semestre “Taller de tipografía, composición y edición” impartida por el profesor Marco Aurelio Cárdenas. 

Asistieron personas de éste y de otros mundos desconocidos, exploradoras del espacio exterior y de un mundo interior henchido, arqueólogas de un futuro truncado, viajeras en el tiempo perdido, transeúntes de puertas interestelares, cinéfilos abducidos, espíritus libres y renglones torcidos.

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Daniel Felipe Herrera. Xenomagnética: Su escritura consistiría en deformaciones provocadas en sus no brazos para generar lo que concebimos como letras y el flujo activo de este proceso posibilitaría a la articulación de frases que se podrían leer con las sensaciones magnéticas que provocan en ellos. Foto: Pablo Ruiz

↑ XENOMAGNÉTICA / DANIEL FELIPE HERRERA

Entrar a la universidad fue para mí como aterrizar en un planeta desconocido. Me sentaba a charlar con mis compañeros, y me daba cuenta de que sus palabras estaban a cientos de años luz de las mías; sentía que por mucho que volara, no las iba a alcanzar. Parecía que ellos habían explorado la galaxia más que yo; tenían más por contar, más por mostrar, más por aportar. Mis compañeros, marcianos también, expresaban su personalidad al instante, luciendo auténticos outfits ricos en universo que emanaban carisma y honestidad; yo en cambio, trataba de mudar de piel, actualizar mis trajes espaciales y preparar nuevos gadgets, pero nada hacía a mi imagen amigable. Era uno más en un cosmos inmenso y sentía que no importaba, que cuando era totalmente honesto los demás me abandonaban. Solo matándome a mí mismo experimentaba aceptación, una muerte lenta en el planeta lleno de vida.

Xenomagnética se inspira en una hipotética especie cuya biología le permitiera relacionarse con su entorno de una manera distinta. Esta especie crearía con su cuerpo campos magnéticos con los que sentiría a los demás seres y, específicamente para comunicarse, los usarían para moldear unas extremidades compuestas por ferrofluido espeso. Su escritura consistiría en deformaciones provocadas en sus no brazos para generar lo que concebimos como letras y el flujo activo de este proceso posibilitaría la articulación de frases que se podrían leer con las sensaciones magnéticas que provocan en ellos. Podría decirse que la escritura que manejan es una escritura efímera, donde el soporte son ellos mismos; el código, los signos que se hacen al deformar sus extremidades; y el mensaje, la manifestación de sus relaciones con el entorno.

Experiencia de un extraterrestre comunicándose por medio del ferrofluido: Una bruma me separa de los otros, cuyos ánimos intentan mezclarse con los míos. Las voluntades de una unión prohibida desatan a la fuerza, la transforman. Se está moldeando a sí misma, las tensiones escriben dentro un mensaje. Mis extremidades son ahora pozos donde los electrones nadan. En una corriente de haceres, los domina la fuerza que procede a excitarlos. Van donde ella les dicta, y su movimiento logra hacer a la bruma fluir. En su danza, bruma escucha el mensaje que pulso tenía que decirle. Crean una escritura. La escritura soy yo mismo, hago a mi mundo soporte; a la fuerza que me domina, código y mensaje; a la realidad, significado y significante. Voluntad férrea le da cabida a una voz propia, pulsiones creativas que engendran existencias, relatos que constituyen vida por la cual vale la pena estar de luto.

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Diana Sofía Rojas Santamaría. Hongo: La escritura hongo, nacida de mi minuciosa observación de las formas fúngicas en la corteza de los árboles, en la constante búsqueda de algo que siento tan real y que para mí existe. Foto: Pablo Ruiz

↑ HONGO / DIANA SOFÍA ROJAS

Hace aproximadamente un año tuve la oportunidad de experimentar por primera vez la sensación de ser una extranjera, incluso “invasora” en mi país. Durante unas vacaciones en la costa junto a mi familia, pasamos por el municipio de Necoclí. Mientras caminaba por el pueblo, distintos factores como el de que esa comunidad es de una etnia culturalmente distinta a la mía (afrocolombianos), sumado a la ausencia de turistas y el escuchar que hablaban lo que yo percibí como tres idiomas diferentes al español, acentuaron la sensación de foránea que había estado sintiendo desde que llegué. Aunque siempre he sido consciente de nuestra diversidad cultural y a pesar de ya haber viajado a diferentes regiones, es la primera vez que siendo yo de la capital, todo me resultó sumamente diferente y lo recuerdo como una experiencia curiosa.

Hongo. Desde una perspectiva de lo marciano, como un ser ajeno y distante, me cautiva la idea de un lenguaje visible que no nos llegue desde fuera, sino que coexista con nosotros, sin embargo, permanezca inadvertido, oculto. Así surge la escritura hongo, nacida de mi minuciosa observación de las formas fúngicas en la corteza de los árboles, en la constante búsqueda de algo que siento tan real y que para mí existe. Estos “escritos” son el fruto de mis ejercicios de escritura a mano, en los que intento imitar los patrones, líneas y formas que tanto he contemplado, y darles un sentido. Cada trazo busca capturar la esencia de su mensaje, la sabiduría misteriosa que se oculta en sus figuras. La escritura hongo es una forma de explorar mi relación con la naturaleza y el lenguaje. En su belleza enigmática encuentro una eterna búsqueda de significado y la comunión con lo desconocido.

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Karen Sofía Sabogal Rojas. Gravigrafía: Letras inspiradas en la idea del centro en el universo; como desde lo macro a lo micro podemos encontrarnos con objetos orbitando alrededor de otros, como los planetas alrededor del sol, como los electrones alrededor del núcleo del átomo. Foto: Pablo Ruiz

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Karen Sofía Sabogal Rojas. Gravigrafía.

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Karen Sofía Sabogal Rojas. Gravigrafía

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Karen Sofía Sabogal Rojas. Gravigrafía

↑ GRAVIGRAFÍA / KAREN SOFÍA SABOGAL

Uno de los momentos en los que más marciana me he sentido fue cuando llegué a vivir en Bogotá, hace casi 2 años, a cursar mis estudios universitarios. He pasado toda mi vida en un pueblo, que en poco o nada se parece a Bogotá. Si bien en algunas ocasiones estuve en la ciudad con mi mamá, no era yo quien tenía que ir a lugares, preguntar, comprar, tomar la ruta adecuada, ir prevenida por la calle… ahora sí. También soy yo la que ahora ha aprendido las reglas invisibles de la ciudad: no saques tu teléfono en la calle ni en el transporte público, no saludes a extraños, no andes sola después de las 8 pm, salir 5 minutos tarde te hará llegar media hora tarde. Hay una ciudad donde se vive y otra donde se sobrevive… aún sigo aprendiendo. Pero no todo es malo, esta ciudad también abre mi mente, hace que me haga preguntas, me ha dado un lugar seguro para ser y estar como lo es la universidad, el mismo lugar que me rodeó de gente maravillosa con la que acepto mi marcianidad (porque negarlo sería negarme a mí misma) y con quienes me permito cuestionarme y aprender a navegar y disfrutar de este caos de grises y verdes.

Estas letras marcianas están inspiradas en la idea del centro en el universo; cómo desde lo macro a lo micro podemos encontrarnos con objetos orbitando alrededor de otros, como los planetas alrededor del sol, como los electrones alrededor del núcleo del átomo. Teniendo eso en cuenta, estas letras pretenden ser un alfabeto indescifrable de seres fuera de este planeta, con una visión expandida, que han observado estos centros y estas trayectorias casi circulares infinidad de veces.

Una tipografía compuesta por 27 signos, que en principio son indescifrables, pero cada signo representa un sonido, las letras del alfabeto latino, aunque no pretenden dar la idea de las letras latinas. En el centro encontramos la primera letra dentro de un círculo y luego empezamos a seguir la circularidad desde el primer signo en la parte superior del centro hacia la izquierda. Para un mejor entendimiento, hablamos de “renglones circulares” alrededor de un centro. Si la palabra necesita más de un “renglón” se hace un segundo círculo sobre el que seguirán ubicándose los signos. Cuando la palabra llena todo el renglón o necesita más de uno se hace un pequeño trazo que indica que desde ahí hacia la izquierda sigue la lectura. Como retícula para la escritura se usó como referencia la palabra más larga del español: “electroencefalografista”. Así pues, se puede usar cuando haya palabras muy extensas y también cortas. Respecto a la conformación de frases se hace por módulos de signos que son cada uno una palabra y se ubican a modo de zigzag empezando por la izquierda y en vertical. Una vez se llega al final de la superficie, se continúa por la parte superior derecha.

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Laura Sofía Álvarez Castañeda. Streamline Moderne. Foto: Pablo Ruiz.

↑ LAURA SOFÍA ÁLVAREZ CASTAÑEDA / STREAMLINE MODERNE

Una tipografía que se inspira en los años 30, un estilo que utiliza las habituales formas curvas y líneas horizontales del Streamline. Como resultado surgen unas letras alargadas y achatadas, de aspecto abstracto, que recuerdan a un rostro. Creo que aquí radica el concepto de marciano, y que al mismo tiempo enlazan con características futuristas, tecnológicas y de velocidad.

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Juan David Martínez Gutiérrez. Foto: Pablo Ruiz.

↑ JUAN DAVID MARTÍNEZ GUTIÉRREZ

Marciano: ¿Podría Dios ser uno? ¿Su forma con una geometría divina? ¿De cuatro dimensiones quizás? ¿O un ser verdecito con pasión por el diseño de dibujos en campos de trigo? Como sea, los más marciano para mí es entrar al salón equivocado de tu clase.

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Karen Sofía Peña Céspedes. Foto: Pablo Ruiz

↑ DACTILAR / KAREN SOFÍA PEÑA CÉSPEDES

No soy muy fan de la música fuerte, el alcohol y el baile, así que nunca entendí por qué la gente siempre estaba tan emocionada por ir a estas fiestas, aunque la que más recuerdo fue la fiesta de mi graduación de colegio, no una reunión de estudiantes, sino la organizada por mi familia. Fue un rato bastante agradable, tanto mis padres, mis tíos y tías, primos y algunos de mis amigos que también fueron invitados estaban cantando y riendo felices, sin embargo, aunque estaba feliz por el buen ambiente, me veía fuera de lugar. El disfrute de las fiestas siempre ha sido algo marciano para mí, aun así, no es algo malo, solo es algo diferente, algo “marciano”.

Podemos abordar el tema de marciano de varias maneras, no solo desde el concepto de ser habitantes de otro mundo, sino en el contexto de ser algo extraño, algo diferente, fuera de las normas. Ambas maneras de interpretar al marciano son lo que impulsan la creación de esta tipografía. Para empezar imaginamos cómo podría ser un marciano, pensando en las condiciones del planeta Marte y las adaptaciones que necesitaría un marciano para sobrevivir en su hostil ambiente.

Llegamos a un tipo de marciano bajito, bastante ancho en su base para mantenerse en la baja gravedad del planeta, con un bajo punto de equilibrio para mantenerse en pie ante cualquier desastre natural, unos brazos largos para poder agarrarse y desplazarse por el terreno marciano, y unos dedos largos y redondeados en sus puntas. Teniendo esto en cuenta, tenemos una guía para la letra, una malla de forma achatada abajo y más puntiaguda arriba. Los marcianos usarían sus dedos para escribir en las superficies de roca, usando el sedimento rojo como pigmento, por lo que sus trazos variarían en grosor en ciertas partes. Al mismo tiempo las orillas de las letras tendrían una forma más redondeada.

Esto nos deja con nuestra palabra, marciano, en una tipografía redondeada y grosor variable en cada letra, algo más baja de lo normal, y con la continuidad de cada letra diferente a las que conocemos, aunque hacen referencia a sus formas, líneas, curvas y separaciones en puntos diferentes al alfabeto latino convencional.

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Sara Jimena Castellanos Walteros. Extremidades: Tipografía de formas sinuosas que evocan extremidades o antenas marcianas. Sugiriendo la posibilidad de que la vida extraterrestre pueda existir, y que quizás esté un poco en nosotros mismos. Foto: Pablo Ruiz

↑ EXTREMIDADES / SARA JIMENA CASTELLANOS

Sucedió hace años en el colegio. La última clase del día era dibujo y era una de las que más nos emocionaban, porque últimamente nos habían dejado usar el salón que contaba con mesas de dibujo. Por esa razón, había una competencia por ser la primera en llegar. Yo no era la excepción, y tanto en ese momento como ahora, siempre solía llevar demasiadas cosas en mi maleta, haciéndola demasiado pesada. Ese día nos dirigimos al lugar tan anhelado. No me dio tiempo ni de colgarme la maleta en la espalda, cuando alguien más adelante en el mismo pasillo gritó: ¡Viene el profesor! Por la adrenalina del momento y al ver a mis compañeros corriendo de regreso, no me quedó de otra más que correr también. Pero… al llevar la maleta aún en la mano, ésta me hizo de contrapeso y mi cara se estampo con un escalón que había justo llegando al salón. Fue entonces que me sentí fuera de lugar, mientras hacía el paseo de la vergüenza, esperando que los demás estudiantes que me observaban con sangre en la cara, se imaginaran una situación más interesante que la absurda razón por la que me había caído. Se sintió tan surreal, tan marciano, que casi que desee serlo para no tener que explicarle a la enfermera y a mis padres.

Marciano es algo de otro mundo, es lo extraño, es lo desconocido. Para mí, lo marciano no está tan alejado, quizás porque ya están entre nosotros o porque cosas que siempre hemos visto normales, si las vemos con más detenimiento podríamos llegar a la conclusión de que son fuera de este mundo. Sin embargo, también es cierto que incluso en la tierra los humanos también nos sentimos marcianos. Por eso, usando un módulo que extraje de la letra de mi inicial, construí esta tipografía que por sus formas sinuosas evoca extremidades o antenas marcianas. Sugiriendo la posibilidad de que la vida extraterrestre pueda existir, y que quizás esté un poco en nosotros mismos.

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Daniel Fabrizio Morales Rodríguez. Foto: Pablo Ruiz


 

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