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HANS HINTERREITER, LA PINTURA COMO PRIMER AMOR

El artista suizo Hans Hinterreiter (1902-1989) vivió en Ibiza desde la década de 1930 hasta prácticamente el final de sus días. En la isla pudo trabajar en su proyecto, basado en el desarrollo de la teoría del color de Wilhelm Ostwald, con total libertad. La Fundación Juan March ha organizado una retrospectiva del pintor comisariada por Jakob Bill que ha recalado primero en Palma de Mallorca y ahora en Cuenca. 

Hans Hinterreiter, nacido en Winterthur, estudió Arquitectura en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich. Tras obtener el título, trabajó en diversos proyectos hasta que decidió abandonar la arquitectura por la pintura a la edad de 28 años. Lo explicaba él mismo en un texto datado en 1978: “Diseñé y construí casas de campo, edificios de oficinas y una escuela (…). En realidad, había querido ser pintor, un deseo cuya temprana satisfacción se me había negado. Pero de alguna forma uno vuelve una y otra vez al primer amor”.

Eso hizo, dedicarse a la pintura, “a condición de que me conformara y me resignara a llevar una vida externa lo más simple que quepa imaginar”. Hinterreiter se hizo pronto a la idea de que habría de vivir con total austeridad si quería dedicarse al arte. Marchó a Ibiza, en aquel entonces una isla sobria y pobretona, y descartó cualquier tipo de gasto fijo considerado superfluo, como el mantenimiento de la línea telefónica.

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SWF 53, 1973 Acrílico sobre algodón 80 x 80 cm Hans Hinterreiter Stiftung

Una vez decidido a llevar a cabo su plan, se dio cuenta de que su preparación como arquitecto lo había llevado a preocuparse por la forma y la función, no así por el color. “Así pues, empecé a leer todo lo que se había escrito sobre el color”. Empezó por Goethe, que pronto descartó, hasta que al fin dio con la teoría de Wilhelm Ostwald: la adaptó de inmediato. Y se dedicó a probarla en su pintura.

Max Bill escribió, amén de su obituario (tal y como hizo con Sophie Taeuber-Arp), un texto con ocasión del 75º aniversario de nuestro pintor. En él decía que “las obras de Hans Hinterreiter coinciden punto por punto” con el arte concreto tal cual lo formuló (o reformuló, si tenemos en cuenta la definición previa de Theo van Doesburg circa 1930) en 1936. “Y, por tanto, con la reivindicación de una lógica constructiva”.

Asimismo, Bill destacaba sus obras desde el punto de vista formal y cromático y las emparejaba, verbigracia, con las de Paul Klee y su incursión en la música (Hinterreiter fue un destacado pianista) para establecer paralelismos en la búsqueda de un orden interno. En este sentido, Karl Gestner, periodista de un semanario alemán que se allegó hasta Ibiza en 1982 para entrevistarse con Hinterreiter defendía la capacidad de emoción de esta pintura aparentemente fría. “Lo decisivo no es con cuánto sentimiento crea arte un artista, sino cuánto sentimiento es capaz de provocar su arte en el espectador”, dejó escrito en su reportaje.

Una vez más encontramos la relación entre arte concreto y música. Entre construcción racional y sentimiento. Pero siempre con el sello de nuestro pintor. Porque, según Hinterreiter, “para un artista lo interesante es encontrar un campo nuevo, un campo virgen en el que poder trabajar, en vez de imitar a otros artistas sin poder nunca llegar a alcanzarlos”.

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Studie 80 [Estudio 80], 1932 Témpera sobre papel 18,7 x 19,2 cm Hans Hinterreiter Stiftung

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Opus 99, 1941 Témpera sobre papel adherido a cartón 57,8 x 71,7 cm Hans Hinterreiter Stiftung

Max Bill y Hans Hinterreiter, una amistad duradera // El comisario de la muestra, Jakob Bill, hijo de Max Bill, ha preparado la edición de las cartas que Hinterreiter y su padre se entrecruzaron a lo largo de varias décadas. Pueden consultarse en el magnífico catálogo publicado con ocasión de esta exposición. En él se incluyen además las obras expuestas, cuadernos de apuntes, ediciones de su libro A Theory of Form and Color o su famoso Farborgel (u “órgano del color”), que tomó prestado de Ostwald.

Bill y Hinterreiter se conocían desde los años de juventud en Winterthur. Comenzaron a frecuentarse gracias a un tal Hesse, amigo común con el que Hinterreiter tocaba el piano a cuatro manos. Cuando nuestro pintor volvió a Ibiza en 1939 tras el lapso de la guerra civil (ya viudo; su esposa murió en aquellos años tras dar a luz), ambos mantuvieron una correspondencia continua en el tiempo.

A través de ella los dos amigos tratan de temas relacionados con su trabajo. Así, Bill le pide en 1940 a su amigo ausente que se adscriba al grupo de artistas Allianz; un año más tarde le solicita una litografía para la carpeta 5 konstruktionen, 5 compositionen, lo que supondrá su primera incursión en la edición de obra gráfica; Hinterreiter, por su parte, le pide a Bill consejo en numerosas ocasiones, como cuando en 1975 se plantea la creación de una fundación en Suiza que recoja su legado (finalmente se hará efectiva diez años más tarde, en 1985).

De su lectura se desprende una confianza y una admiración mutua en lo que se refiere al trabajo, a la labor intelectual que ambos llevan a cabo. Su edición nos trae de vuelta a dos hombres que, cada cual a su manera, lucharon por ser consecuentes en lo que creían; un credo basado en una abstracción desprovista de referencias a la naturaleza (“formas biomorfas”, las llama Rudolf Koella; basta pensar en la obra de Hans Arp) en la que el color tenía mucho que decir. Hoy son dos hitos del arte europeo de una época convulsa a la par que apasionante. R.M. HANS HINTERREITER (1902-1989). Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca – Fundación Juan March. Hasta el 21 de octubre

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SWF 103, 1973 Acrílico sobre lienzo 66 x 92 cm Colección Chantal y Jakob Bill

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Opus 103 F, 1959-1978 Témpera a la resina de damar y al huevo sobre papel 34,5 x 46,2 cm Colección Chantal y Jakob Bill

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Opus 131 E, 1977 Acrílico sobre papel 40,8 x 33 cm Hans Hinterreiter Stiftung

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