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UN SÍ MUY SONORO

“Sí”, la palabra positiva por antonomasia, se profiere infinitas veces al día en contextos muy diversos. Expresa afirmación o confirmación y normalmente responde preguntas totales capaces de generar reacciones y emociones de todo tipo. Al pronunciarla, únicamente tenemos que articular dos fonemas: una “s” fricativa, alveolar y sorda, y una “i”, un fonema vocálico con apertura mínima. De este modo, permitimos que el aire espirado salga de manera continua a través de una estrecha abertura, produciendo cierta fricción o roce en los órganos fonadores; además, debemos colocar la lengua sobre la raíz de los dientes superiores. Así, con estos sonidos aprendidos al inicio de nuestras vidas, decimos y repetimos: sí, sí, sí…

No cabe duda, las palabras y sus sonidos nos acompañan a lo largo de nuestras vidas y, de alguna manera, determinan nuestro camino. Ni el diseño ni el arte son ajenos a este hecho.

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Portada de ‘Zang Tumb Tumb’ de Filippo Tommaso Marinetti, 1914.

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Página de ‘Zang Tumb Tumb’ de Marinetti, 1914.

SÍ, dijeron los futuristas, sí al “nuevo mundo”, sí a sus sonidos y a su representación gráfica. Los futuristas pensaban que la existencia de una nueva percepción requería un nuevo lenguaje que permitiese la renovación. Así, pretendían acabar con las tradiciones a través del derribo de las barreras entre las palabras y las imágenes, la destrucción de la sintaxis o la abolición de la puntuación. Un ejemplo de esta revolución tipográfica es Zang Tumb Tumb, un poema sonoro y concreto fruto de la experiencia que Marinetti había tenido como reportero de guerra en la batalla de Adrianópolis durante la Primera Guerra de los Balcanes. Marinetti expresaba en este poema diferentes estados de ánimos y velocidades, así como los ruidos y el caos de la batalla. Para conseguirlo, utilizó composiciones tipográficas dinámicas creadas a partir de diferentes tipos y cuerpos que, entre otros aspectos, experimentaban con sus posibilidades onomatopéyicas.

Décadas más tarde, el arte pop afirmó nuevamente: “SÍ al sonido y a su representación”. Lichtenstein realizó Whaam!, un díptico creado a partir de un cómic bélico que representa la onomatopeya del impacto que un misil produce en un avión. Otra pintura onomatopéyica es Varoom!, también de temática bélica. Sin duda, Lichtenstein estuvo influido por su participación en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, no todas las representaciones del sonido implican violencia, también pueden expresar buenos deseos. Éste es el caso de la acción de marketing directo que la agencia Villarrosàs llevó a cabo para felicitar las navidades a todos sus amigos y clientes. La forma de la onda sonora de un largo y sonoro “Bon Nadal!” (¡Feliz Navidad! En catalán) se materializó en una escultura. De esta manera, el entusiasmo de estas fiestas perdura en el tiempo. Así, podemos preguntarnos: “SÍ, ¿¡el sonido se puede tocar!?”.

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Whaam! de Roy Lichtenstein, 1963.

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Varoom de Roy Lichtenstein, 1963.

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Toda imagen tiene un sonido de la agencia DDB Brasil. Director de arte: Gustavo Victorino. Director creativo ejecutivo: Sergio Valente. 2009.

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Toda imagen tiene un sonido de la agencia DDB Brasil. Director de arte: Gustavo Victorino. Director creativo ejecutivo: Sergio Valente. 2009.

Toda imagen tiene un sonido de la agencia DDB Brasil. Director de arte: Gustavo Victorino. Director creativo ejecutivo: Sergio Valente. 2009.

Toda imagen tiene un sonido de la agencia DDB Brasil. Director de arte: Gustavo Victorino. Director creativo ejecutivo: Sergio Valente. 2009.

Hasta ahora hemos visto algunos ejemplos de cómo el sonido puede representarse, pero también puede estar presente de forma directa en los diseños que nos rodean. ¿Puedes escucharlo?, ¿SÍ? Con el título “Toda imagen tiene un sonido” la agencia DDB Brasil realizó en 2009 una campaña para la compañía de producción de sonido Saxso Funny que constaba de diferentes carteles. Cada uno de ellos se componía de un símbolo central impreso en un determinado material. Precisamente, la manipulación de este material generaba el sonido al que hacía referencia el símbolo: las pequeñas explosiones que se producen al presionar un plástico de burbujas (polietileno de baja densidad con bolsas de aire) hacían alusión a una máquina de escribir, el contacto con un papel de seda recordaba a una hoguera y el movimiento de una lámina metálica hacía referencia a un trueno.

También el sonido es una parte indiscutible del vestido “Bell” que Alexander McQueen diseñó para el video de Björk “Who Is It” del álbum Medúlla. El vestido de satén gris plateado está completamente cubierto de cascabeles que tintinean constantemente.

Y SÍ, el sonido puede estar generado por nosotros. Así lo demuestra la instalación interactiva “Sonic Bloom” que Yuri Suzuki realizó en los jardines Brown Hart de Londres. La instalación parecía florecer a partir de formas que bien podían servir como megáfono, bien como audífono. El sonido transitaba por las diversas ramificaciones realizadas en colores saturados primarios (amarillo, rojo y azul) que se interconectaban entre sí. Los “cuernos” finales servían tanto para captar como para amplificar sonidos, para escuchar sonidos de la ciudad o para facilitar la comunicación entre diferentes participantes. Precisamente, Suzuki posibilita que personas de todas las edades interactúen con la escultura puesto que, según él, el arte público adquiere significado cuando las personas disponen de él activamente.

No obstante, el sonido no siempre está presente en la vida de las personas: hay algunas que tienen dificultades o que incluso carecen de audición. La lengua de signos es el lenguaje compuesto de numerosos gestos con el que se comunican las personas con discapacidad auditiva o dificultad en el habla. El festival “Ciutat Flamenco 2014” quería ser lo más inclusivo posible, por lo que Avanti Studio propuso la creación de Signo Flamenco, un glosario de nuevos signos relativos al vocabulario del flamenco e inexistentes hasta ese momento. Dichos signos formaron parte de los carteles realizados para publicitar el festival. Entonces, ¿sí o no?, quizá un “sí pero…” porque donde NO hay sonido, SÍ que hay un gesto para expresarlo.

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Bell de Alexander McQueen, 2004. Fotografía de Benjamin Sutton. El vestido de satén gris plateado está completamente cubierto de cascabeles que tintinean constantemente.

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Sonic Bloom de Yuri Suzuki, 2021. Fotografía de Lauren Busto. La instalación parecía florecer a partir de formas que bien podían servir como megáfono, bien como audífono. El sonido transitaba por las diversas ramificaciones realizadas en colores saturados primarios (amarillo, rojo y azul) que se interconectaban entre sí.

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Sonic Bloom de Yuri Suzuki, 2021. Fotografía de Lauren Busto. (Bocetos)

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Ciutat Flamenco de Avanti Studio, 2014.

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John Cage en una cámara anecoica. Cage estuvo en una sala anecoica y, a pesar del aislamiento del ruido exterior, pudo escuchar sonidos provenientes de su propio organismo como su corazón, sus intestinos o la circulación de su sangre. ¡No podía evitar hacer ruido!, afirmó Cage. Esta experiencia le llevó a componer 4′33″, una obra musical en tres movimientos que puede ser interpretada por cualquier instrumento.

Así pues, ¿el silencio es posible? John Cage llegó a la conclusión de que no, después de realizar un experimento en Harvard en 1952. Cage estuvo en una sala anecoica y, a pesar del aislamiento del ruido exterior, pudo escuchar sonidos provenientes de su propio organismo como su corazón, sus intestinos o la circulación de su sangre. ¡No podía evitar hacer ruido!, afirmó Cage. Esta experiencia le llevó a componer 4′33″, una obra musical en tres movimientos que puede ser interpretada por cualquier instrumento. Fue interpretada por primera vez por el pianista David Tudor en Woodstock, Nueva York. La partitura original utilizó notación musical convencional para significar tres periodos de silencio, mientras que la versión conservada en el MOMA se compone por una serie de líneas verticales que representan visualmente la duración de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio. Las expectativas del público de escuchar un concierto no se cumplieron, sin embargo, en palabras de Cage, durante el primer tiempo se podía escuchar el viento en el exterior, durante el segundo las gotas de lluvia golpeando en el techo y durante el tercero las personas que hablaban o salían. 4′33″ es inevitablemente diferente cada vez que se interpreta y muestra el interés de Cage hacia el azar como estrategia compositiva. De este modo, al margen de la discapacidad auditiva, el NO al sonido es prácticamente imposible, siempre prevalece el SÍ.

SÍ al sonido, SÍ a sus representaciones gráficas, SÍ a su materialización, SÍ al azar sonoro, SÍ, lub-dup, lub-dup,… SÍ, tic-tac,… SÍ, grraww,.. SÍ, toc, toc, toc… SÍ, SÍ, SÍ… Queremos escuchar, ver y tocar palabras, conceptos, ruidos, sonidos que nos inquietan, que nos estremecen, que nos hacen reflexionar. A veces, ansiamos aislarnos, pero no podemos escapar de nosotros mismos. ¡Sí al sonido!, ¡sí al silencio! Porque gracias a ellos se crea el ritmo de nuestras vidas, a veces es pausado, sutil y en ocasiones es estrepitoso, atronador. SÍ, SÍ, – – SÍ – SÍ ——- SÍ – SÍ, – – SÍ,…

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4,33 de John Cage, 1952. La partitura original utilizó notación musical convencional para significar tres periodos de silencio, mientras que la versión conservada en el MOMA se compone por una serie de líneas verticales que representan visualmente la duración de cuatro minutos y treinta y tres segundos de silencio.

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