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LAS CONTRADICCIONES DEL AGUA

Más claro, agua, se suele decir, pero en el fondo tampoco está tan claro. El elemento tiene sus contradicciones…

En realidad, la presencia de agua en la Tierra es mínima: aunque su volumen se eleve a unos difícilmente imaginables 1.360.000.000 de kilómetros cúbicos, sólo representa el 0,022% de la masa total del globo. Y aun así, cubre tres cuartas partes de la superficie terrestre; proporción que conforme se vayan fundiendo glaciares y casquetes polares irá todavía más en aumento. A escala más antropométrica, es como si mojáramos una bola de billar y la enjugáramos con un trapo: ésa es, en términos relativos, la cantidad de agua que hay en nuestro planeta. Y eso que para llegar al lugar más profundo debajo del nivel del mar situado en las Fosas Marianas -el cineasta James Cameron lo consiguió hace poco a bordo de un sumergible especial- hay que descender más kilómetros (unos 11) que los que miden las cimas más altas del Himalaya (unos 9).

A pesar de su escasez, el agua fue uno de los elementos imprescindibles para que surgiera la vida en la Tierra. No en vano, a la hora de averiguar si estamos o no solos en el universo, antes de buscar marcianitos de color verde fosforescente se investiga si hay o ha habido agua en un determinado planeta. También es llamativo el dato de que la proporción del elemento líquido en los seres vivos (los seres humanos, por ejemplo, somos un 75% agua) sea casi inversa si la comparamos con la ratio agua/tierra. Sin duda, esta circunstancia también contribuye a que la escasez de agua relativa a la humanidad vaya en aumento a medida que ésta se multiplica: en el 2050, dos tercios de la población mundial no tendrán suficiente agua. El caso es que nuestra huella hídrica es inmensa: se calcula que solamente para poner en la mesa los alimentos que una persona consume al día se necesitan entre 2.000 y 4.000 litros de agua. (Producir un kilo de carne de vacuno requiere 15.000 litros, un kilo de trigo, sólo 1.500. ¿Hora de hacerse vegetariano?). Si tenemos en cuenta, además, que el otro tercio de la humanidad se deja los grifos abiertos, lava sus coches con agua potable, llena sus piscinas, juega al golf en el desierto y va a bares especializados donde se degustan aguas de los cinco continentes como si fueran los más exclusivos vinos, el conflicto está programado. Dicho sea de paso: en el pasado se bebía vino sobre todo porque el agua que llegaba a las ciudades estaba infestada de gérmenes y patógenos y no era apta para el consumo. En cualquier caso, las guerras del futuro próximo ya no se librarán por el petróleo sino por el agua. Algunas multinacionales cuya sed es insaciable ya se están relamiendo pensando en el negocio que van a hacer con las reservas de agua dulce que hay en el mundo. En teoría, el agua es lo mejor para calmar la sed, para saciar una boca seca, pero, cuando has comido algo picante, un trago de agua sólo empeora las cosas. Así que los pueblos ricos en agua harán bien en poner unas cuantas guindillas en la boca del gran capital.

Sólo un exiguo 3% del agua mundial es dulce. Y de estos 40.000.000 de kilómetros cúbicos sólo 250.000 llenan lagos y ríos. Ello se debe a que el agua es de lo más polifacético: en apenas 100 grados de temperatura pasa de sólido a líquido y a gaseoso; de ahí que 25.000.000 de kilómetros cúbicos de esta agua sean hielo y 13.000 estén en las nubes y brumas. Además, el agua tiene capacidad para penetrar por los más finos capilares (cualquiera que haya intentado tapar goteras en el techo de su casa sabrá de qué hablo) y así 13.000.000 de kilómetros cúbicos de agua dulce se encuentran en acuíferos subterráneos donde ésta da rienda suelta a su creatividad formando estalactitas y estalagmitas que ni Gaudí hubiera imaginado en sus sueños más surrealistas. En la superficie, el agua también es un gran artista: con paciencia infinita y gracias a su enorme capacidad de movimiento, agitada por el viento y la rotación del planeta o bien impulsada por la fuerza de gravedad, va diseñando y cambiando a su antojo la faz de la Tierra. Por muy blanda que parezca a primera vista -o mejor dicho: al primer contacto-, a la larga el agua es más fuerte que la Tierra. (Ya sabéis: “Be water, my friend”) Es sólo cuestión de tiempo que el oleaje marino se cobre un acantilado o que un río cave profundos cañones en las montañas más altas. De ahí que, en la antigüedad, el fluir del agua se utilizaba para medir el paso de las horas, y el filósofo dijera que no puedes bañarte dos veces en el mismo río.

Caprichosa // A decir verdad, el agua no siempre es tan blanda, y no lo digo sólo por los mensajes de la publicidad antical. Todo depende… El mismo elemento que te besa suavemente la cara cuando te la lavas por la mañana para quitarte las legañas puede salir violentamente y cargado de dolor de los cañones de las tanquetas antidisturbios cuando las autoridades quieren lavar la cara al espacio público para quitarle los habituales sujetos molestos. En pequeñas cantidades, el agua se muestra agradable y mona, pero cuando se juntan miles de miles de millones de gotas se vuelve impredecible. La misma agua que hace brotar las semillas y es fuente de vida puede convertirse en un torrente mortal que anega todo a su paso. La misma agua que, saltando gota a gota de un grifo mal cerrado, puntea el silencio puede mudar en bramido ensordecedor cuando cae en tromba sobre un tejado de uralita. La misma ola que el surfista cabalga con fruición es la que arrasa las costas y deja los enseres de los costeños esparcidos por los océanos. Atomizada y con el sol a favor, el agua luce los colores del arco iris, pero en las aguas abisales la oscuridad es total. ¿No era transparente el agua? Todo lo contrario, caprichosa es y llena de manías está: Por una parte se mete en todo, y luego no quiere mezclarse con el aceite. En cambio le chifla la sal. Y, si dejamos de lado principios como el del desplazamiento y la boyancia que mantienen barcos y cáscaras de nuez a flote, el gran azul, por regla general, engulle cualquier cosa que pese más que él. Así, hasta el -primero insumergible y luego legendario- Titanic se fue irremediablemente a pique. Y luego va el elemento y deja que unas criaturas caminen sobre el como si nada: lo hacen los zapateros, esos insectos patilargos que aprovechan la tensión superficial del líquido para conseguir lo mismo que en su día el Mar Muerto le concedió al señor Jesús de N. para que añadiera otro milagro a su leyenda. Hoy en día, esas aguas son mucho menos generosas: lo máximo que te permiten con su alto contenido en sal es la suficiente flotación como para sentarte dentro y leer esta revista sin que se mojen las páginas. ¿Más claro?…

DXI46 WATER/AGUA
Otoño 2012

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