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TIRESIAS Y LA SERPIENTE

Dios se encontraba solo sobre una roca. “¡Si yo tuviese un hermano, crearía el mundo!”, dijo escupiendo sobre las aguas. De su escupitajo nació una montaña. Dios la abrió con su espada y de la montaña salió el Diablo. Desde que apareció, el Diablo propuso a Dios que fuesen amigos y que conjuntamente creasen el mundo. “Nosotros no seremos hermanos -le respondió Dios-, pero sí compañeros.” Y unidos procedieron a la creación del universo. Leyenda mordoviana. 

Cuentan que el ave sagrada en Oriente es a la vez macho y hembra. Los viajeros refieren que es parecida al Fénix, pero que no se toma la molestia de renacer pues no puede morir. Yo fui macho y fui hembra, pero no al mismo tiempo, sino en ocasiones distintas. He acariciado la totalidad y en otro tiempo fui capaz de ver. Júpiter, maldito cabrón…

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Ilustración: Esther De La Torre

El padre de los dioses se enzarzó con su mujer, Juno, en una querella grosera e indigna: el dios sostenía que a las mujeres les estaba destinado un mayor disfrute de las delicias del sexo; la digna consorte defendía lo contrario y echaba chispas por sus ojos zarcos y temibles. “Tiresias —me dijo Júpiter— ayúdanos a dirimir una disputa matrimonial, viejo amigo. Tú fuiste mujer y ahora te cuentas entre los varones. Dinos quién goza más de los placeres carnales, si ellas o nosotros. Habla con libertad, solo queremos que nos saques de la incertidumbre”.

Con libertad, decía. Cómo sabe que su tono melifluo provoca más terror que las orgías de truenos y vendavales con que otras veces se exhibe. Juno ni se acercó. No dijo ni una palabra y no hizo falta. Yo respondí que la mujer y recibí el menor de los castigos que podía haber sufrido. Dudé, titubeé y temblé, mas el tono pretendidamente deliberativo no me libró del castigo de la diosa. Desde entonces vivo en la penumbra. Hace tiempo que pasé del centenar de años, mas esa cifra se me antoja ridícula cuando la comparo con lo que he contemplado en mis visiones.

Se ha dicho —y no sin razón— que la verdadera naturaleza de la divinidad es la coincidencia de contrarios. Lo femenino y lo masculino; lo uno y lo múltiple; el bien y el mal. Las sectas semitas discurrirán dentro de algún tiempo la fraternidad consanguínea de su Cristo y su Satán. Los negros etíopes imaginan a un hombre santo cuya hermana mayor nació diablesa y mata niños y los devora. A orillas del Ganges, el dios del fuego es consustancial a la serpiente.

Los dioses son benévolos y terribles a un tiempo. Que me lo digan a mí. En el correr de los siglos los especuladores más avezados pensarán al andrógino como el hombre perfecto. El ser fusionado. El ser total. El máximo esplendor de la más cándida y prístina espiritualidad… ¡Mentiras ridículas e irrisorias!

Yo fui hombre. Fui mujer. Gocé de ambos placeres como nadie lo ha hecho nunca y exprimí hasta la angustia todas las posibilidades del deleite de los cuerpos. Contesté al dios concediendo primacía a las hembras porque lo temía más a él que a ella… Aunque quizá, pensándolo bien, Júpiter y Juno sean uno y lo mismo en su dualidad.

Tengo más de cien años y estoy hecho un lío…

—La verdad es que las serpientes lo tenemos mucho más jodido— se dijo Lamia. Arrastraba su cuerpo de reptil por entre los helechos que habían crecido a la sombra de las enormes rocas desprendidas del monte Ptoo. Sus ojos azules, de una claridad diáfana, habían impresionado al mismo Mercurio. Ahora se entrecerraban con mezcla de fruición y malestar mientras, poco a poco, trataba de deglutir al anciano.

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