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PROVERBIALES ENCONOS Y COMBATES ETERNOS

La imaginación de los hombres ha dado en distintas ocasiones en alumbrar esta figura inquietante: un enfrentamiento sin fin entre adversarios feroces. Una lucha cuyo origen se desconoce, y que parece destinada a ilustrar el sinsentido y el vértigo del ser fuera del tiempo. Batallas cósmicas, imágenes de paraísos o de infiernos, rencores mezquinos o espléndidos, los combates eternos nos incitan y nos desasosiegan con la atracción que ejerce el abismo o el torbellino. Veamos algunos ejemplos. 

LOS HÚSARES

Los jóvenes tenientes de húsares Gabriel Florián Feraud y Armand D’Hubert trabaron conocimiento el uno del otro una apacible tarde de 1801 en Estrasburgo. Ese día entablaron un primer duelo ante los ojos horrorizados de una sirvienta y un jardinero. El origen del conflicto es insignificante: D’Hubert interrumpe un lance amoroso de Feraud cuando va a arrestarlo por orden de su general. El galán frustrado lo desafía porque no puede soportar su arrogancia. Su enfrentamiento durará veinte años y traspasará como una constante demencial y terca las vicisitudes del periodo napoleónico. Así lo relata Joseph Conrad en su magnífica novela El duelo.

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Ilustración: Esther De La Torre

El odio latente renace periódica-mente y marca con cicatrices la vida de estos dos oficiales de caballería, que ascienden a generales y caen en desgracia acompañando en su suerte a todos aquellos que siguieron, en ocasiones con fervor casi religioso, al formidable Bonaparte. Se baten con sables y a caballo; con pistolas entre la niebla y arrastrándose por el fango. Se hieren y se insultan. Se desprecian y se necesitan. Vemos resurgir su rencor en la guerra franco prusiana a las afueras de Lübeck y de Silesia. Les persigue en la devastadora retirada de Moscú y en la apacible vida de retiro de una aldea de la Provenza. Nadie sabe cuál fue el origen de su odio, pero todo el mundo intuye que no es ni simple ni razonable. Su aborrecimiento comienza en el misterio y en el misterio evoluciona y culmina. Se expresa en ira y en fervor; en alaridos y en risas frenéticas.

En El duelo el combate eterno se materializa en la historia en un momento muy concreto. El ímpetu narrativo de Conrad es trágico y satírico, como la época que ilustra. Y sin embargo, va mucho más allá.

UNA MALDICIÓN CELTA

Los Mabinogion son una colección de relatos escritos en galés entre los siglos XI y XIII. Los mitos celtas que pueblan estas narraciones toman como marco los albores de una Bretaña envuelta en brumas. La magia es un elemento fundamental en ellos: abundan los sortilegios, las transformaciones, los sueños visionarios y los objetos mágicos. Y el odio. También aparece el odio atravesando sagas familiares y encarnado en madrastras rencorosas y doncellas agraviadas.

Una de sus historias, la titulada Culhwch y Olwen, nos informa del conflicto que protagonizaron dos caudillos: Gwythyr, hijo de Greidiawl, y Gwynn, hijo de Nudd. El primero de ellos iba a casar con la bella Kreiddylat, pero la noble joven fue raptada por Gwynn la misma noche de sus bodas. La lucha entre ambos fue terrible y las venganzas fueron desmesuradas: Kyledyr el Salvaje, aliado de Gwythyr, fue obligado a comer el corazón de su padre y por ello enloqueció.

El rey Arturo aparece en esta ocasión como un taumaturgo o una deidad de extraño sentido de la justicia. Zanja el enfrentamiento condenando a ambos contendientes a enfrentarse cada primero de mayo durante toda la eternidad. La doncella, que habrá de permanecer todo este tiempo en la casa de su padre, será para aquel de los dos que venza en el día del Juicio Final.

CASTIGOS Y PREMIOS

El Infierno de Dante alberga a los iracundos en su quinto círculo. Completamente desnudas y enfangadas en las pestilentes aguas de la laguna Estigia, las almas de los condenados por esta falta se golpean incesantemente con manos, cabezas y dientes. No muy lejos de allí, en el cuarto círculo, giran en filas concéntricas los avaros y los pródigos lanzándose piedras y empujándose e injuriándose unos a otros, repitiendo como en una letanía “¿Por qué guardas?” y “¿Por qué derrochas?”.

La mitología nórdica también concibe el combate eterno como un destino ultraterreno. Sin embargo, paradójicamente, la lucha no es un castigo, sino un premio para los caídos en combate, los einhériar. El Valhalla espera a estos gloriosos guerreros que cada día, tras vestirse, toman sus armas, salen al llano y combaten y se dan muerte unos a otros. Y luego vuelven todos a palacio entre risas. Y beben. Y gozan de este paraíso atroz y sanguinario. Un poema del siglo X, Los dichos de Vaftrúdnir, lo ilustra así: Quinientos años antes de nuestra era, Heráclito de Éfeso, apodado el Oscuro, afirmó: “La guerra es el padre y el rey de todas las cosas. A algunas ha convertido en dioses; a otras en hombres”.

El poeta romano Lucrecio también concibió la lucha infinita como origen y verdadera naturaleza de la realidad. En su De rerum natura describe este inevitable devenir: “Si reparas, verás cómo se agitan átomos infinitos de mil modos por el vacío en el luciente rayo. Y en escuadrones, en combate eterno se dan crudas batallas y peleas, y no paran jamás”.

Tras esta constatación solo le queda un consejo por dar: indiferencia.

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