Arte, Wunderkammer
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JAIME BRIHUEGA Y EL ARTE POLÍTICO

Recientemente pasó por la facultad de Geografía e Historia de la Universitat de València para dictar la conferencia inaugural del máster en Historia del Arte y Cultura Visual, que tituló La condición política del arte. Jaime Brihuega (Madrid, 1947) es autor de libros clave en la historiografía del arte español del siglo XX como Las vanguardias artísticas en España (1909-1936) (Istmo, 1981) o el más reciente Cambio de siglo. República y exilio: arte del siglo XX (Antonio Machado Libros, 2017). Participó asimismo en la Historia del Arte que publicó la editorial Alianza y dirigió otro de sus ilustres colegas, Juan Antonio Ramírez. 

Sus amigos, el pintor Jorge Ballester y el historiador del arte Juan Antonio Ramírez, le insistían en que “todo arte es político”. ¿Acabaron por convencerlo?

No necesitaron hacerlo, ya que estaba convencido de antemano. La primera persona que me hizo ver esta dimensión fue el gran historiador Alfonso Emilio Pérez Sánchez. Ello se remonta a mis tiempos de estudiante, es decir, a los años sesenta.

Casi resulta una obviedad afirmar que el arte político corre el riesgo de convertirse en propaganda sin más. Gerard Vilar, en uno de sus artículos («Cánones en el arte y la literatura», recogido en Desartización. Paradojas del arte sin fin. Salamanca: Ediciones Universidad, 2010) nos recuerda que “los artistas de hoy a menudo viven de la subvención, incluso cuando piensan estar practicando la subversión”. ¿Cómo de fina es la línea que separa ambos?

Más que fina es una línea perversa. El poder tiende a canibalizar incluso aquello que inicialmente le es antagonista y, en consecuencia, a desactivarlo. Ya sea porque lo convierte en mera propaganda del statu quo o porque lo estetiza, convirtiéndolo un género artístico vigente en el imaginario hegemónico.

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© Josep Renau – El Estado Español renuncia a la guerra como instrumento. Perteneciente a la serie Los 13 puntos de Negrin. 1938

En 1937, año significativo donde los haya para el arte español de vanguardia, una de sus especialidades, Ramón Gaya y Josep Renau mantuvieron una tensa polémica en las páginas de la revista Hora de España. El murciano comienza dando a entender que el cartel no es el medio más propicio para transmitir emociones; el valenciano, interpelado, le contesta que el cartel había sido explotado con anterioridad por artistas como Picasso o los dadaístas. Finalmente, Gaya, que es a lo que va, defiende que no se puede “inyectarle al arte un contenido político”. ¿A quién le damos la razón? 

La polémica fue intensa pero, sobre todo, fue un hermoso ejemplo de la libertad de pensamiento que existía en el bando republicano, incluso cuando lo acorralaba una guerra atroz. El cartel era necesario, imprescindible, como argumentaba Renau. Pero también era bueno que alguien argumentara que el ejercicio de la sensibilidad estética (que, en realidad, no estaba ausente de los carteles) no podía desaparecer como expectativa. En realidad, el arte comprometido (incluso propagandístico) de los artistas de la República, lo que buscaba era posibilitar que la experiencia estética pudiese volver a fluir libremente.

La historiografía del arte español contemporáneo más reciente ha acusado a artistas como Antonio Saura o Antoni Tàpies de haberle bailado el agua al franquismo, al que sin duda despreciaron pero del que también se sirvieron a través de miembros del régimen como Fernández del Amo. Algo de ello se vislumbra en Cambio de siglo. República y exilio: arte del siglo XX, su libro más reciente. ¿Qué le parece? 

Bueno, algo de esto se desprende de mi respuesta a la primera pregunta. Suele ocurrir que el poder intente beneficiarse incluso de aquello que en principio no lo respalda. Es cierto que Saura, Tàpies y otros artistas de vanguardia fueron instrumentalizados por el Franquismo para un lavado de cara ante la mirada internacional, tal y como la CIA utilizó el expresionismo abstracto americano o el KGB un realismo domesticado. Pero también es verdad que, simultáneamente, la obra de estos artistas iba arrojando luz sobre las conciencias adormecidas por el Régimen. No era la primera vez que este juego de contradicciones ocurría en España. Todos sabemos que la Exposición de la Sociedad de Artistas Ibéricos de 1925 abrió las puertas a la modernización del arte español. Pero también es preciso saber que la Dictadura de Primo de Rivera apoyó aquella iniciativa intentando sacudirse el sambenito de represora cultural.

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© Josep Renau – República Popular representada por un Estado vigoroso. Perteneciente a la serie Los 13 puntos de Negrin. 1938

Precisamente el IVAM dedica estos días una muestra a la representación española de la Bienal de Venecia del 76, en la que Vicente Aguilera Cerni y Tomás Llorens se disputaron el comisariado. ¿Cómo vivió aquel episodio? O, en todo caso, ¿cómo lo valora hoy? 

Fue un episodio que en su día suscitó enconadas polémicas, que ha quedado ampliamente documentadas. El asunto es complejo. Puede que aquella iniciativa no atendiese a todo lo que estaba ocurriendo en el espacio “progresista” del arte español, pero es cierto que significaba una trinchera más de lucha contra la Dictadura. Viendo esa exposición que muestra el IVAM lo vemos claro, ya que se limita a conmemorar la propuesta que se desplegó en Venecia, con lo que no recoge la totalidad del arte de oposición democrática.

Algunas personas próximas, como los citados Jorge Ballester -del que prepara una exposición en la Fundación Bancaja- o Juan Antonio Ramírez; incluso Eduardo Arroyo, con el que llegó a colaborar, han fallecido en estos últimos años; ¿le parece que se acaba toda una generación de artistas que si por algo se distinguió -más allá de su labor artística- fue por su compromiso artístico? 

¡Vaya! mientras escribo estas líneas, un par de días después de recibir este cuestionario en el que parecía leerse erróneamente que Arroyo también había muerto, éste acaba de fallecer (18-10-2018) [N. del R.: El entrevistado se equivoca: le enviamos el cuestionario el 14 de octubre, día del fallecimiento de Eduardo Arroyo]. Es una maldita y reveladora coincidencia que contesta afirmativamente a lo que se me preguntaba. Una generación va desapareciendo, o se ha apartado del compromiso como lo ha hecho Manolo Valdés. Pero otra ya la está sustituyendo y, cuando también caiga, vendrá otra. Sé que hablo desde un ingenuo optimismo marxista, pero etimológicamente ingenuo significa libre, y no debemos perder nunca la ingenuidad.

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Jaime Brihuega

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